18May 2018

Se encuentra en mantenimiento desde Febrero 2018.
Ingresó a la clínica pesando 140,0 kilos.
Bajó 52,0 kilos.
Pesa actualmente 88,0 kilos.

 

La obesidad es un laberinto al que se entra de espaldas.

Los años vienen con los sucesos a cuestas que nos hacen llegar a estados que nunca imaginamos, enredándonos en la vorágine, o sufriendo una pérdida, o dejándonos llevar por desvíos culturalmente bien vistos. Los caminos que nos traen hasta aquí son muy distintos, pero tenemos en común una relación enfermiza con la comida.

Traemos esa inmensidad en la que nos vamos convirtiendo mientras resistimos llenándonos de debilidad hasta que nos llega el día del derrumbe. Nos mantenemos de pie por una sola razón: estamos buscando en dónde dejarnos caer.

Mi proceso lo cuento todo el tiempo, hablo de él sin decir nada porque el cambio es demasiado evidente. Hoy lo voy a contar así y mañana omitiré un montón de detalles y recordaré otros tantos. Lo que es seguro es que me rehúso a escribir esto dirigiéndome a gente que no viene a la clínica pero tendría que venir. Solo comparto emociones, ideas incompletas y muchas ganas de decir. Todos tenemos alguien a quien queremos sacar de su oscuridad, quizás hoy mis dolores más fuertes tienen que ver con eso, pero esta es mi historia y no quiero condicionarme en esa tarea escabrosa de convencer gente que en definitiva lo que quiere es comer.

Allá por marzo de 2015, después de probar casi todo y desesperado, elegí derrumbarme en los brazos de los que sentí que me iban a sostener. Para lo único que me quedaba valor era para confiar, estaba lleno de miedo, vergüenza, impotencia. Me sentía en deuda con los que me quieren, frustrado por ver mi credibilidad totalmente vacía.

Otro primer día. Este venía con consignas claras, con conceptos entendibles, convincentes. Aparecía el conocimiento, la información, la táctica, el pensamiento al servicio de este plan. Abrazarme al “esto es así y chau” y hacer al pie de la letra lo indicado, encontrando las preguntas correctas con el pasar de los días.

La comida a un costado ponía de frente otras partes de mi vida que me miraban a los ojos. Al poder con la comida iba ganando confianza y pudiendo con otras cosas, poniendo límites al resto de los aspectos que también estaban fuera de lugar, límites que se iban sosteniendo entre sí, generando nuevos escenarios. Me gusta verlo como la magia del trabajo.

Ese laberinto al que se entra de espaldas tiene una salida sola: aquella que podamos crear rompiendo todas las paredes que se pongan en nuestro camino. Cada paso, cada logro, viene acompañado de tanta cosa que hay que ir descubriendo, acomodando, viviendo e incorporando mientras seguimos rompiendo todo lo que hay que romper.

En cada golpe a esas paredes vamos dejando atrás los hilos que sostenían nuestras conductas. Vamos tirando todo aquello que debemos desaprender, esa hojarasca que se va desprendiendo, ese nosotros que va quedando en el camino.

Y con eso pueden quedar atrás parejas, trabajos, familiares y todo aquello que nos pida seguir haciendo el papel que no nos toca en una historia que nunca elegimos. O simplemente podremos necesitar apartarnos un poco, dejar de frecuentar ambientes de alta exposición para concentrar energías por un tiempo y priorizarnos. Por fin, priorizarnos.

Me releo y veo tanta cosa que me río a carcajadas al recordar personas que tienen como primera pregunta cuestiones relativas al chocolatito o lo que sea. Preocupados por si puedo “darme un gusto”.

Y no digo que me río para no llorar porque no puedo contar esto sin llorar, pero tampoco puedo contarlo sin sentirme fuerte. Esa fuerza la consigo amigándome con lo que puedo, estamos en tiempos del “sí se puede” ¿no?, ese discurso dominante que tanta buena prensa tiene. Acá la clave es ir descubriendo lo que se puede, que está lleno de novedades, pero también ir descubriendo lo que no se puede.

No se puede, simplemente no se puede. Concientizarnos de la enfermedad, de su carácter crónico. No puedo con la comida. No importa cuán flaco me veas, la comida es mi droga, la conozco y tengo claro lo que puede generarme.

La necesito para vivir y “ni loco hago locuras”. Pero decido, mientras puedo, el lugar que le quiero dar. Elijo, mientras puedo, la relación que debo tener con la comida. Y elijo algo mucho más importante, mientras puedo: elijo quién quiero ser.

Llegué a pesar 140 kilos. Grasa de la presión, el miedo y la tristeza. En tres meses bajé 27 kilos con libertad de elegir, miedo protector y un entorno adecuado. Los bajé con la tranquilidad que necesitaba e iba logrando, con el apoyo de los compañeros y compañeras que iban compartiendo datos de las otras partes del camino. Cada uno en su solitario camino, completamente acompañados.

En mis espejos veía un señor del que me quería esconder. Hoy veo un muchacho con el que me dan ganas de conversar, un tipo que tiene un GPS nuevo que le dice cómo llegar a donde ir y siente que todos esos lugares son geniales.

Y después de esos tres meses me fui de la clínica, ante las advertencias casi unánimes de mis pares, de mis terapeutas y entendiendo cabalmente lo peligroso de soltarme. Mi caso no es común, seguramente no sea recomendable por la habilidad que tiene el gordo para engañarse a sí mismo y por un montón de razones adicionales, pero tenía tanta convicción y tanta determinación que me animé a seguir parte del camino solo, bajando cerca de 20 kilos más en esa aventura del poder/no poder. Entré a la clínica a bajar lo más que pudiera para después comerme todo pero salí con tanto compromiso y tanto rechazo a la mediocridad que no pude hacer más que seguir las consignas que hoy tengo bastante incorporadas.

Tiempo después vinieron las oscilaciones, la lucha, las ganadas y las perdidas. Subí 10 kilos en el correr del 2017 que me hicieron decidir volver a la clínica en diciembre del año pasado, antes de las fiestas por supuesto (porque hay que estar un poquito dispuesto a joderse para encarar estos procesos). Sin castigarme, pero sin hacerme el gil.

Ahora estoy como se me ve en la foto o quizás mejor. Trato de mantener el diálogo con aquél muchacho que tenía miedo de morirse joven, mirando de reojo a la bestia enjaulada que tengo dentro de mí, viviendo de este cuerpo nuevo que me deja disfrutar tanto de esta nueva historia.

Este cuerpo que sorprendió a mi esposa el día que pudo juntar sus manos al abrazarme y que hoy se deja abrazar más que nunca.

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